Jamás tuve un buen profesor que me de a leer un buen libro. Ahora soy de la idea de que hay cuentos y novelas que debemos leer en cierta época de nuestras vidas. Me arrepiento mucho de no haber leído algunos cuentos cuando mi existencia bordeaba los 15, 16 y 17 años. Me hubiese dado cuenta de que no estaba solo, que lo que me pasaba era común en chicos de mi edad, que había modos para proceder sin miedo a la derrota, que la amistad es algo imperecedero sólo cuando existe lealtad y que cuando el amor tocaba a la puerta había que saber reconocerlo.Ahora eso ya no me importa porque nunca es tarde. Ahora lo que hice bien o mal, propio de regocijo o de arrepentimiento quedará grabado en cada uno de mis relatos y el tiempo en que lo viví, tendrá repercusión en mi propia voz.
Obras literarias han habido muchas cerca de mí, en mi casa, en mi cuarto, a mi alrededor, pero no eran las adecuadas para secundar el paso de mis días. La literatura tiene una función y es ayudar a que el mundo se sobrelleve, que cambie y hay libros para cada etapa de nuestras vidas. Así lo creo.
Hoy escribo porque no puedo evitarlo, porque así soy feliz, porque quiero que me lean y sepan que no existen razones para sentir soledad. Siempre habrá una buena obra literaria esperando por nosotros. Tal vez yo sea un representante más del realismo urbano, tal vez yo nunca convenza a los lectores y lectoras de la literatura inspirada; pero nunca dejaré que quienes me lean, pasen por lo mismo que pasé yo: cómo lector me llevé una gran decepción cuando supe que muchos cuentos que me cautivaron, fueron escritos basados en una experiencia real pero con desenlaces propios de la imaginación o mejor dicho del deseo frustrado del autor.
Creo que es una gran crueldad decir que lo inventado a partir de la experiencia propia o contada, se justifica cuando es algo verosímil, cuando es algo que podría suceder en la vida real. No es más que un malintencionado maquillaje hecho en un rostro magullado por las penas y la compunción. Dicen que la ficción nunca supera la realidad. Pues sí. Yo pienso que es gratificante crear algo que siempre vivió en nuestros deseos y que nunca se concretó, crear la historia como nos hubiese gustado que suceda en la vida real pero así mentimos con el corazón y lo dañamos con sensaciones efímeras. Yo prefiero que la luz divina de papá lindo me de inspiración para inventar algo digno de la verdadera imaginación.
Me gusta pensar que lo que he leído, sucedió, no en la imaginación del autor, sino en una época, en un lugar, en la vida de alguien. Sentir eterno cariño por “Colorete” y a la vez fervoroso respeto por Oswaldo Reynoso; reírme con “Una mano en las cuerdas” recordando al Manolo de Alfredo Bryce, como si me acordara de mí mismo y admirar a Miguel en un “Día Domingo” vargasllosiano, pensando que yo alguna vez tuve los mismos miedos y que también alguna vez los superé. Suelo pensar que mi teoría del Anticuento es una vaguedad, que los relatos que escribo para guardar o para postear son solo el trabajo forzado de un escribidor común y corriente, defensor de un movimiento, pero me siento muy bien conmigo mismo cuando escribo la verdad.
No me he puesto a contar si tengo más anticuentos que cuentos, si he escrito o descrito más sucesos reales que imaginarios, si me he dejado llevar por mis ilusiones inconcretas o si mi inclinación por lo real venció. Varias veces he sucumbido a la tentación de inventarme relatos, pero las veces que caí, he puesto siempre sobre aviso que estoy llegando con cuentos, que vengo con mis alegrías incompletas amenazando. No obstante, ¡a mí que ya no me vengan con cuentos! Desde que conocí la forma más común por la cual, los escritores se valían y se valen para darle un final a un relato, al instante pude adivinar cual era la parte inventada. Y es que era demasiado bonito o demasiado feo para ser verdad, pero valgan verdades cómo disfruté cuando los leí. Sin embargo... hoy ya no quiero sucumbir más... hoy voy a inventarme dos finales para todo... desde hoy tendré un final real y un final imaginario...
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