miércoles, 24 de junio de 2009

Mejor que tú

Del buzón de tiempo saldrán de pronto cartas volanderas(Mario Benedetti)

Querido papá: ¿Cómo estás? Ya han pasado 8 años desde que te fuiste a vivir al extranjero. Pensándolo bien, nos hemos perdido de muchísimos momentos juntos. No sé como estarás, sólo te he visto un par de veces en fotos y una vez a las quinientas en mis sueños. Pero te vi igual que siempre y creo que no has cambiado mucho, aunque digan que ya estás viejo. Tienes un nuevo hogar. Sé que sufres mucho por Chantal, mi hermanita, ella nació con un raro mal. Ha crecido bastante, pero sé que eso es lo que menos deseas. Qué difícil debe ser. No sé qué decirte, tampoco imaginarlo. Chantal me recuerda a Zara en sus cabellos, tú a ella la tienes cerca. No nos llevábamos bien, te confieso, pero creo que la extraño más que a ti. Tú te alejaste de nosotros mucho antes que viajaras. Creo que mi mamá supo mantener la ecuanimidad y nunca perdió el control cuando la dejaste por otra mujer. Creo que debería quererla más por eso. Recuerdo muy bien la frase que nos dijo cuando nos hizo saber que ya no ibas a llegar a dormir a la casa. “Dejemos que tu papá sea feliz. Él es más feliz con su otro compromiso.”. No sé si haya sido la explicación correcta para un niño de 10 años, pero me sentí convencido, además al comienzo eras cumplido visitándonos cada noche con bolsas de supermercado. Ahora te has convertido en una imagen paternal lejana para mí. Ni siquiera hemos sabido mantener una comunicación. Dicen que heredé de ti tu dejadez para las cosas importantes. Hoy me quedan muy pocos recuerdos tuyos, tal vez ya te esté olvidando, o tal vez haya sido por tu trabajo, no te culpo, pero casi todos son buenos, sólo que ahora quisiera enumerarte primero los malos, disculpa, pero valgan verdades, son más significativos. Recuerdo aquella vez cuando salí del colegio a buscarte a tu trabajo. Tenía por encargo de mi mamá pedirte dinero para la pensión de la casa y la leche de mi hermanito. Odiaba hacer eso, yo era una especie de intermediario entre tu obligación y la de ella. Me sentí profundamente triste y con ganas de llorar. Abriste tu billetera, me diste el dinero con inercia y me sentí incomodo, raro, repulsivo, sentí pena de mí mismo y lloré en tu delante. En ese momento no supe explicarte por qué lloraba. Tal vez tú si lo entendiste. No recuerdo con que palabras me consolaste pero sí que me abrazaste y me secaste las lágrimas. Tal vez tú también recuerdes ese día. Cuando llegué a casa con el dinero, mi mamá notó en mis ojos rojos rastros de llanto. Debí explicarle que no había sido por tu culpa, porque tú a los pocos minutos te apareciste y debiste soportar una descarga fulminante de golpes e insultos. No sé si en otras ocasiones ya se habían peleado de esa manera, pero me sentí culpable. No supiste como calmar a mi mamá. Cuando viste que cogió un ladrillo y rajó el parabrisas de tu carro despotricando frases de que a sus hijos nadie los hace llorar, decidiste que era mejor retirarse. Debo confesarte que a partir de ese día, de lo cuarteada que estaba mi relación con ella, se volvió irreparable y meramente convencional. Me volví el hombre hostil e introvertido que soy. La chica de la que yo estaba enamorado en ese tiempo, vio el deprimente espectáculo desde su ventana en el segundo piso de su casa y me miró con pena. Desistí a hablarle, bastante tenía con autocompadecerme. Sabes papá, tal vez haya necesitado de ti muchos consejos, puede que si me hubieses dado alguno, mi vida ahora sería diferente; pero iré a visitarte un día cercano, con un libro mío, tengo una necesidad innata de que me digas que te sientes orgulloso de mí. Escribo esto con ganas de llorar. Tú hace tiempo que no me alzabas y me abrazabas, ya estaba grande además, pero un día de esos en que sabía que mi mamá me gritaría si llegaba a la casa sin haberte ido a cobrar como un recaudador, te vi recibiendo con orgullo paternal a tu entenado. Este es otro mal recuerdo. Es increíble como esas imágenes regresan a mi mente como la escena de una película. Los mismos gestos de amor que alguna vez me diste, se los estabas dando a él y yo estaba ahí sólo para implorarte algo de dinero como un mendigo. Me dolió porque a mí ya no me recibías así. Creo que estos recuerdos pesan más que las veces que nos llevaste al Jockey, más que aquel día que viajamos a Cajamarca, más que las visitas a mi abuela Imelda, más que los paseos a la playa con todo y vecinos, más que los partidos de Alianza en occidente, más que los desayunos de domingo en un restaurante, más que los regalos sorpresa de navidad. Pero me sirven para mi reciente obligación. Ahora ya eres abuelo. Disculpa si crees que a los 53 no es una buena edad para serlo; pero si te sirve de aliciente, ha sacado tu nariz, mi mamá pegó el grito en el cielo cuando lo vio. Mi hijo Mario Gabriel es muy despierto, como todos los niños en esta época. Y está muy adelantado. Su primer beso lo dio al año tres meses con una bebé preciosa llamada Marilyn, hija de una amiga de la familia. Cada vez que se ven, tienen arranques desesperados de cariño, pero esperan la voz de beso para que junten sus picos. El único juego que le he enseñado es el de la pelota. Tal vez de grande sea futbolista, porque para la edad que tiene sabe patear muy bien. También sabe escribir, a cada libro con que me encuentra, le hace trazos perfectamente tiernos. Por él, siento mi alma palpitar cada vez que está contento y lo demuestra con besos y abrazos; por el, bajo los globos de las fiestas o compromisos a los que acudo porque no resisto su mirada de tristeza; por él, recibí abrazos y saludos inesperados en el día del padre, aunque no lo sea de modo ejemplar; eso sí, te lo digo sin deseo de reproches, seré mejor que tú, aunque me esté separando de su madre. Sin nada más que decirte, se despide esperando verte pronto, tu hijo Nicolás.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Como cuando alguien dice las cosas para autocompadecerse "será para bien o para mal" y no sé si lo que acabo de leer sea verdad o producto de tu imaginación, debo admitir que me has hecho llorar, tengo un hermano que tiene 10 años, y pasa por algo similar a lo tuyo, y de verdad que viéndolo desde tu punto de vista, es algo muy duro. Sólo te pido, que si haces todo lo que dices por amor a tu hijo, no te separes de su madre, la segunda cosa mejor que puedes darle a un hijo a parte de una CORRECTA EDUCACIÓN, es una FAMILIA COMPLETA. Los egoísmos y las individualidades murieron el día que él nació. Como a alguien escuché decir un día "dos personas no se unen porque son iguales, se unen porque son diferentes y esa diferencia hace que se amen" conserva y ama a tu mujer, por más defectos que tenga, ella es la mare de aquel pequeño e indefenso ser que muy pronto puede que te estés escribiendo algo igual a lo que tú le escrbiste a su abuelo. Con aprecio.