Tuve dos profesores que pusieron en evidencia mi ociosa y mediocre costumbre de no estudiar para los exámenes y preparar para ello, las más desvergonzadas e inescrupulosas copias. Costumbre que nunca me descubrieron en el colegio, en donde lo aprendí como solución rápida al grave y típico problema de querer todo fácil y que no demande esfuerzo, como todo mal peruano y yo lo era en grande.
La primera en encontrarme in fraganti fue – con todo el respeto que merece su apelativo con que cariñosamente la llamábamos – la china, quién paradójicamente me había premiado una semana antes con la nota más alta en el curso de redacción. Fue un 20 inalcanzable para todos mis compañeros, pero posible para mi virtuosidad, modestia aparte, por supuesto.
Me encontraba hacía varios minutos dándole vueltas a una complicada pregunta que no quería dejar en blanco, desconocía su respuesta y me negaba a dejarla así, distinta a las demás. Sí había estudiado para ese examen; la gran cantidad de temas pertenecientes a no sé cuantos capítulos del sílabo, desarrollados todos en clase por la profesora y por nosotros mismos en exposiciones, los resumí con minuciosidad y con un criterio que consideré adecuado para facilitarme el hecho de tener que estudiar de muchísimas hojas y peor aun en desorden. Una sola hoja dividida en 4 por ambos lados y a colores fue el resumen ideal, sin embargo no me lo aprendí por completo, marginé lo que pensé no vendría en el examen pero por desgracia ocurrió lo contrario, así que decidí hacerle caso a ese pensamiento malicioso y retrospectivo que pasó por mi mente en ese momento, recordándome como esos apuros nunca los tuve en el colegio gracias a mi erudición para esconder bien mi papelito, de manera que pareciera que estaba desarrollando mi examen y no copiando, sin embargo tal vez por culpa de la infraestructura del aula, con carpetas ubicadas en un piso que en realidad son los peldaños de una escalera grande y en semicircunferencia; o talvez algo de nerviosismo que delató mi falta de práctica, fue lo que evidenció mi infracción o le abrió los ojos a la china, quien al verme copiando no dudo un instante en acercarse a anularme el examen.
Con gran determinación me dijo “ay cholito, ay cholito, dame tu examen” mientras que en ese momento, por mi entrañas, pasaba un frío gélido que me dejaba atónito y me cambiaba el semblante a una palidez vergonzosa. Menos mal, la mayoría de mis compañeros ya habían entregado su examen y salido del aula, sin embargo eso no sirvió para que el rumor o chisme corriera después rápidamente, por algo no estudiábamos comunicación. Traté con un tono suplicante de persuadir a la profesora para que no me anule el examen, sintiendo que la sangre se me subía al rostro con cada palabra que me atrevía a decirle, y sintiendo que me estaba ocurriendo una desgracia con cada una de sus negativas. Mi último recurso fue – patéticamente - revelarle que lo que había escrito en mi examen era algo de lo que yo estaba casi orgulloso, porque cada línea la había hecho con dotes literarios, hilvanando de acuerdo a lo que había estudiado párrafos a mi parecer perfectos, pues “es de lo que yo escribo, es de lo que yo escribo, profesora, si quiere léalo por favor” sin embargo “no” era su única respuesta para todas mis defensas. Pensé que al no haberme pedido la copia que tenía, podía sacarle otra hojita en la que minutos antes del examen resumí los títulos y subtítulos de los temas con nomenclaturas para comprobar si no me había olvidado, “mire, mire profesora, no es copia, porfavor”. Pero nada la hizo cambiar de opinión, y creo que incluso hacia mi persona, ya que ciclos después de este incidente, siempre me pareció que tenía una mala imagen de mí, tal vez la de un estudiante tramposo, porque no sólo demostraba que había perdido la confianza en mí cuando nos volvía a tomar exámenes en otros ciclos y yo era el primero al que cambiaba de sitio, sino que daba a relucir mi falta de elocuencia y determinación para intervenir en clase, obligándome a veces a hacerlo, sabiendo que podía quedar mal.
Luego me llovieron las preguntas, me abordaron miradas acusadoras, decepcionadas, de vergüenza ajena, de “a él lo agarraron copiando”; miradas que sin disimular me sentenciaban para siempre como el copión del código, y que yo después para confirmar ese apelativo, volví a hacer méritos…
La primera en encontrarme in fraganti fue – con todo el respeto que merece su apelativo con que cariñosamente la llamábamos – la china, quién paradójicamente me había premiado una semana antes con la nota más alta en el curso de redacción. Fue un 20 inalcanzable para todos mis compañeros, pero posible para mi virtuosidad, modestia aparte, por supuesto.
Me encontraba hacía varios minutos dándole vueltas a una complicada pregunta que no quería dejar en blanco, desconocía su respuesta y me negaba a dejarla así, distinta a las demás. Sí había estudiado para ese examen; la gran cantidad de temas pertenecientes a no sé cuantos capítulos del sílabo, desarrollados todos en clase por la profesora y por nosotros mismos en exposiciones, los resumí con minuciosidad y con un criterio que consideré adecuado para facilitarme el hecho de tener que estudiar de muchísimas hojas y peor aun en desorden. Una sola hoja dividida en 4 por ambos lados y a colores fue el resumen ideal, sin embargo no me lo aprendí por completo, marginé lo que pensé no vendría en el examen pero por desgracia ocurrió lo contrario, así que decidí hacerle caso a ese pensamiento malicioso y retrospectivo que pasó por mi mente en ese momento, recordándome como esos apuros nunca los tuve en el colegio gracias a mi erudición para esconder bien mi papelito, de manera que pareciera que estaba desarrollando mi examen y no copiando, sin embargo tal vez por culpa de la infraestructura del aula, con carpetas ubicadas en un piso que en realidad son los peldaños de una escalera grande y en semicircunferencia; o talvez algo de nerviosismo que delató mi falta de práctica, fue lo que evidenció mi infracción o le abrió los ojos a la china, quien al verme copiando no dudo un instante en acercarse a anularme el examen.
Con gran determinación me dijo “ay cholito, ay cholito, dame tu examen” mientras que en ese momento, por mi entrañas, pasaba un frío gélido que me dejaba atónito y me cambiaba el semblante a una palidez vergonzosa. Menos mal, la mayoría de mis compañeros ya habían entregado su examen y salido del aula, sin embargo eso no sirvió para que el rumor o chisme corriera después rápidamente, por algo no estudiábamos comunicación. Traté con un tono suplicante de persuadir a la profesora para que no me anule el examen, sintiendo que la sangre se me subía al rostro con cada palabra que me atrevía a decirle, y sintiendo que me estaba ocurriendo una desgracia con cada una de sus negativas. Mi último recurso fue – patéticamente - revelarle que lo que había escrito en mi examen era algo de lo que yo estaba casi orgulloso, porque cada línea la había hecho con dotes literarios, hilvanando de acuerdo a lo que había estudiado párrafos a mi parecer perfectos, pues “es de lo que yo escribo, es de lo que yo escribo, profesora, si quiere léalo por favor” sin embargo “no” era su única respuesta para todas mis defensas. Pensé que al no haberme pedido la copia que tenía, podía sacarle otra hojita en la que minutos antes del examen resumí los títulos y subtítulos de los temas con nomenclaturas para comprobar si no me había olvidado, “mire, mire profesora, no es copia, porfavor”. Pero nada la hizo cambiar de opinión, y creo que incluso hacia mi persona, ya que ciclos después de este incidente, siempre me pareció que tenía una mala imagen de mí, tal vez la de un estudiante tramposo, porque no sólo demostraba que había perdido la confianza en mí cuando nos volvía a tomar exámenes en otros ciclos y yo era el primero al que cambiaba de sitio, sino que daba a relucir mi falta de elocuencia y determinación para intervenir en clase, obligándome a veces a hacerlo, sabiendo que podía quedar mal.
Luego me llovieron las preguntas, me abordaron miradas acusadoras, decepcionadas, de vergüenza ajena, de “a él lo agarraron copiando”; miradas que sin disimular me sentenciaban para siempre como el copión del código, y que yo después para confirmar ese apelativo, volví a hacer méritos…

2 comentarios:
PePiZiMo
Jaja q buenos recuerdos me sacaste con esta pequeña remembranza tuya!!, sigue escribiendo!!!; falta la segunda parte!! :P, y luego quiero ver lo q me prometiste (aunke sea doloroso, se sincero...jajajaj)
PD. La otra es con PLAZA verdad? jajaja
le hice abrir los ojos a la china...q wenaaa
jiujiujiuju....la de plaza me parec más poetica......t diré lo q el t dijo:"t tomaste tiempo xa hacer esto y no xa aprenderlo"n st caso diré..t tomaste tiempo xa scribir la d la china y no la d plaza...jiujiju..el consejo del chato es preciso..sigue escribiendo men..es la unica forma de q sigas siendo lo q qieres ser
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