jueves, 26 de junio de 2008

Los chicos de arriba (I)

Muchas veces nosotros hemos sido tildados así, "los chicos de arriba", y siempre por parte de las chicas de abajo, mujeres físicamente ordinarias (salvo excepciones amorfas) y mentalmente despampanantes, compañeras de clase que ante nuestros ojos civilizados formaron grupos salvajes. Creo que ya habíamos visto mujeres feas alguna vez, pero esto era el colmo, concordábamos en que aquellas tenían al menos algo con que defenderse y aún así, eran calificadas como feas, pero nuestras compañeras eran insondables, no cabía en ellas ni el calificativo “buena gente”. Hubo un compañero que las llamó con la ira de su frustración, inhumanas.

Y es que desde el primer momento en que entramos a nuestro salón de clases, nos abordó un asombro tan cercano a la inverosimilitud que muchos de nosotros dimos un paso atrás. “No, esta no es mi aula” “A mí me dijeron que las chicas de comunicación eran bonitas”. Pero después de dar varias vueltas, revisar guías de matrícula, verificar otras aulas y reconocer rostros de pre, sólo nos quedó resignarnos a la realidad, que equivaldría a cinco años de sufrimiento óptico y por qué no decirlo acústico, terminaríamos talvez con cáncer a la vista.

Lastimosamente esta mala suerte recrudeció, prolongándose inclusive hasta lo académico. Se fueron suscitando una retahíla de desilusiones; al tercer día nomás, cachimbos nosotros, tuvimos que soportar a un grupo de alumnos agitadores que con una verba demagoga y una determinación irascible se habían dado la libertad de tomar “La Pedro” ante miles de alumnos que veníamos en camino y que tuvimos que quedarnos afuera, viendo como nos exponían y escupían sus razones para dejarnos ahí parados. Sin embargo, después, con el transcurrir de los años en aulas nada equipadas, fuimos entendiendo el por qué de esa manera de pedir, y es que era necesario gritar para ser escuchado.

Alumnos de la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo o “Peter Ruiz Quiquiriquí” como diría un canoso profesor de Química, que me enseñó en la Pre y al cual nadie de mi aula escuchaba ni entendía, sólo una caserita postulante que se sentaba en la primera fila y que aparentaba ser muy inteligente, pero que después al ingresar – y continuar sentándose adelante o abajo (ante nuestra vista) - resultó ser la protagonista y única dueña de los más grandes y estúpidos exabruptos del salón. Con ello fue ganándose un lugar en nuestras respetables conversaciones en honor de “las chicas de abajo”. La Chuchi, como le decíamos –al no poder evitar compararla con la ex congresista limeña- pasó a pertenecer al grupo de las feas y no por fea, sino por sus feas burradas.

Pero estábamos ahí para aprender y nuestra primera lección fue todo lo concerniente a tolerancia. Había que compartir carpetas, descubrir el significado de compañerismo y respetar opiniones al mismo tiempo que nos tragábamos nuestra discriminadora desilusión con una sincera hipocresía, pues aunque les brindábamos un trato afable, después descargábamos contra ellas todo tipo de verdades a sus espaldas; burlas que nos envolvían en un momento jocoso en donde ellas eran las verdaderas protagonistas a pesar de estar ausentes. En esos momentos parecía que la chicha – nuestra bebida temporalmente típica - se volvía más amarga en nuestros labios cada vez que las mentábamos y se volvía más dulce cuando las describíamos, nos hacía pasar mejor el rato. Y sabemos que a ellas les pasaba lo mismo, supimos luego de la existencia de un casset donde grabaron rajes cada una de ellas, de cada uno de nosotros, fiel a su estilo y al nuestro.


Sin embargo, con el pasar de los años y de los ciclos nos acostumbramos a ellas, aprendimos inclusive a quererlas sin ramalazos de disimulada falsedad, y algunas de las que es crueldad involucrarlas en esta generalizada resaca, se convirtieron en nuestras amigas. Grandes compañeras en celebraciones y comprensivas en los trabajos grupales. Y quienes hemos tenido la oportunidad o la estupidez de poder compararlas en otras aulas – a donde nos llevaba nuestra escasa responsabilidad académica - sabemos que, como cada una de ellas no hay ninguna, inigualables en lo que hacían y hacen, feas sólo para nuestros ciegos y prejuiciosos ojos. Y que entre las chanconas y las estudiosas, las que estaban a la altura de responder una pregunta específica y las que estaban a la altura de entrar en un complicado debate, estábamos nosotros que aunque nunca sobones como algunas, llevábamos nuestra vida aparte, donde muchas veces las invitábamos a pasar.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Uno lo lee como por juego...y sonrie dejando volar la imaginación y sonrrie más reconiendosee en aquellos dias y en ese escesario que personalmente me trae nostalgia,comprobado, cada vez que pase por esas aulas(que antes de aquel primer dia del que hablas,nunca vi)sentiré nostalgia, de los chicos de arriba.De ser de nuevo la chica de enmedio que tenia temor de mirar hacia arriba jaja. Y con sinceridad me emociona ver ese "I" como prometiendo una segunda parte.