En nuestra plaza de armas, se dan cita, cientos de chiclayanos que ante un bonito paisaje, amplias bancas y un ambiente agradable, no pueden dejar de hacer una pausa a sus labores y sentarse a contemplar el legado histórico y cultural que circunda ante sus ojos: una hermosa catedral, bajo un cielo siempre despejado, que hace de sus habitantes, seres cálidos y amistosos. ¿Pero que más? Hoy con el palacio municipal derruido, sólo llama la atención decenas de centros comerciales a su alrededor, sin embargo rostros sonrientes y siempre atentos a un turista siguen catalogando a nuestra ciudad como la “capital de la amistad”. Casi todo el día es transitada nuestra plaza de armas; en ella miles de historias encuentran su principio y su final, citas, paseos, visitas, o sino una obligada caminata para cruzar la otra calle. Calles que son como los trazos que se esbozan para jugar un tres en línea, pero gigantes; y que en su interior guardan la obra de varias décadas de trabajo, inversiones y migraciones, que han elevado a nuestra ciudad a una categoría más alta. Más allá del plano turístico, la han situado en el vértice de una actividad fructífera, la educación y el comercio. Y es que más allá de los hermosos paisajes que la rodean, como en los distritos de Monsefú y Eten, y los atractivos que ofrecen sus cercanos valles agrícolas, el carácter festivo de sus pobladores siempre mantendrá a nuestra ciudad con ese garbo característico de humildad y modestia muy bien recompensados. Pero esta metrópoli fundamentalmente moderna que es nuestra ciudad, se ha convertido en un importante eje comercial del norte peruano, tanto, que ha traspasado los planos de la legalidad, volviéndose ambulatoria en la voluntad desmesurada de gente necesitada, que sólo busca un pan para sus hijos, tal vez analfabeto o con alguna costosa enfermedad, la cual irá a formar parte de documentos estadísticos que catalogarán a nuestro país con un adjetivo que es verdadero epíteto de nuestros oscuros gobernantes.Centros comerciales que sólo se veían en publicidades limeñas y que ahora vienen a acaparar nuestra desbordada ciudad son lo que la han ido transformando en una sociedad de consumo, y lamentablemente siempre de la mano de los medios de comunicación imposibles de sobrevivir sin el auspicio de estas empresas de capital extranjero. Y de esto se desprende la verdadera realidad de nuestra ciudad que parece crecer, pero no es así, ha sido mal calificada, pues sólo crece en infraestructura y en índices de problemas. Ni en el ámbito educativo hay mucho que decir, poco hacen por el pueblo las facultades de las tantas universidades que siguen llegando y creciendo, no hay proyección social en ellas; hay analfabetismo y muchas facultades de educación, hay enfermedad y muchas facultades de medicina, hay pobreza extrema, contaminación, corrupción, delincuencia, pandillaje y muchas facultades más.
Y usted no tiene que irse a los mismos asentamientos humanos para ser testigo de ello; no debe visitar hospitales públicos para presenciar la falta de solidaridad, la omisión; no debe transitar por calles peligrosas para ser víctima de aquello; basta con sentarse en una banca de nuestra preludiada plaza de armas y abrir bien los ojos. Niños de hasta 5 años y de noche vendiendo caramelos o pidiendo limosna, (que de seguro son los mismos que limpian carros en el día), payasos tratando de ocultar su infelicidad y su virilidad detrás de un disfraz que difícilmente haga reír pero que los obliga actuar como tales, como amantes o como homosexuales; zapateros que se han convertido en una verdadera amenaza, pues después de un trato y pacto cortés, hacen su trabajo con un parsimonioso y delicado esmero, que debería parecerles sospechoso, pues al terminar, cobran más de la cuenta y si no se les paga lo que piden, amenazan con arrojarles tinte en la ropa. ¿Lustrada caballero?, ¿lustrada señorita? así piden a los transeúntes, de buenas maneras y si los ignoran ¡lustrada ps monstra!, ¡lustrada ps misio!. Previamente hay que responderles no gracias, sino después debemos soportarlos. Y es que una vez terminada la jornada y sumado todo lo obtenido en su embaucador trabajo, no van a sus casas a comportarse como maridos y padres ejemplares, sino, a los bares y cámaras de gas de la zona, a restarle menos años a sus deplorables y desgraciadas vidas. Pero no todos por supuesto, son muchos los factores que injustamente han puesto en el centro del problema a una parte de esa minoría que tiene que vivir pagando las consecuencias del sistema emponzoñado.
En síntesis podemos ver que en un sólo parque o en todo el centro de una ciudad, también se pueden contemplar los problemas de un país entero, es necesario entonces una reforma que venga desde la iniciativa de peruanos honestos, que quieran ver a su país en progreso, no de sujetos que asocien la política con la bribonada y que empobrezcan más al país robando desde el gobierno. Tampoco de inescrupulosos que quieran aprovecharse de un puesto público para enriquecerse, hacer esto en un país pobre es imperdonable.
De igual manera, quienes trabajen en los medios de comunicación, el papel de ellos es fiscalizador, de hacer lo contrario estarían siendo cómplices, y esto viene a ser peor que el mismo delito.
Siempre que llegan nuevas etapas en nuestra política o en el gobierno se tienen muchas esperanzas de que el país cambie, se supere, o al menos mejore algo y que sea notorio, pero al final siempre se cometen los mismos errores, y se descubren siempre las mismas irregularidades. ¿En que momento se corrompe la gente?, ¿cuando es que las ambiciones aplastan los principios de las personas, y desaparecen los valores morales?
Cuando este momento llega, el círculo vicioso en el que estamos atrapados todos los peruanos, se prolonga en todos los ámbitos, haciendo inconcebible nuestra situación, de la que parece que nunca fuéramos a salir.
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